Cuando uno es joven, las actividades con las que llenar el tiempo libre son tantas que al final el tiempo no sobra, y se hace de todo menos libre. Las aficiones de la juventud, qué tiempos aquellos, dice este señor mayor que hoy ya luce 39 castañas. Aficiones que cambian con el tiempo o que perduran, y que suelen marcar lo que algunos llaman «no perder al niño que llevamos dentro». Que ninguno lo pierde, aunque muchos lo mandan a dormir demasiado pronto.

En mi caso, compaginaba el fútbol, comer y dormir con grabar programas de radio con mis amigos en un banco del parque frente a mi casa. Y también con ir a Continente, porque aún no era Carrefour, a escuchar música en las columnas que ponían allí para testear los nuevos lanzamientos. Escuchaba lo que había, tantas veces como podía sin que el guarda de seguridad viniese a echarme de allí con un palo, y luego paseaba por las carátulas. Mi yo interior me decía que acabaría siendo un acaparador de soportes físicos, aunque yo todavía no era consciente de ello. Aún recuerdo los ojitos que le hacía al último de Toxi Braxton, con sus casi 4.000 pesetas de entonces.

Por suerte para mi bolsillo, mi acaparamiento de música quedó en parte aplacado por el auge de los mp3. Tuve CDs pero no una tonelada de ellos, y aún hoy sólo compro físicos los de Celine Dion, porque todos tenemos nuestras parafilias. Por desgracia también para mi bolsillo, con las películas no me conformaba con los métodos alternativos y acumulé DVDs hasta que ya no tenía dónde meterlos. Y de los DVDs, regalados en su mayoría con el paso del tiempo, salté a una cuidadosa selección de películas en Bluray. Porque sigo, y seguiré comprando, soportes físicos. Como los juegos de la PS4 a los que podría acceder en digital sin demasiados problemas. Sin embargo, todo ha cambiado ya.

No tengo dedos en una mano para contar los servicios de streaming que entran en mi casa, mucho menos para contar los que existen, y probablemente no sea el único al que le ocurre algo parecido. Y no sólo de streaming, sino los accesos a catálogos que pago aunque hablemos de descarga, como en la PS4. Netflix, HBO, Amazon Prime, Spotify, PlayStation Plus, Wuaki, DAZN, BeinSports, Movistar+ Lite, Youtube Premium, Stadia, XCloud… y esos son sólo los más conocidos entre decenas que ya hay disponibles en el mercado. Y todos tienen algo en común: nada de lo que pagas es tuyo. Absolutamente nada.

Hay excepciones, claro está. Como Stadia, en la que pagas los juegos y por el acceso a la plataforma. O como la PS4, o como las compras digitales en tiendas de aplicaciones. Pero de nuevo, todos tienen algo en común. Si la plataforma desaparece, no tendrás nada que llevarte a la boca. Ni un triste bocado para poder saciar tu apetito por el ocio. Nadie te va a mandar a tu casa un disco duro con tus archivos digitales, ésos que has pagado.A día de hoy pocas cosas son mías, vuestras, pero en el futuro puede que nada lo sea. Pagaremos por accesos que desaparecerán en cuanto dejemos de pagar por ellos. Así de sencillo. Yo puedo ver Thor Ragnarok 300 veces si quiero porque la tengo en Bluray. Me costó 20 euros y la amortizaré hasta el extremo. El acceso digital rara vez se amortiza, aunque ofrezca otras ventajas.

Así que tendremos ocio mientras paguemos. No, no es exacto decirlo así. Tendremos ocio mientras sigamos pagando. Pero nada será nuestro. Hace algunas semanas, hablaba con mi mujer durante una caída de Internet en nuestra casa sobre cómo ha cambiado todo en nuestras vidas en torno al ocio. Cayó Internet y perdimos casi todas las opciones diarias de hacer algo que no fuese mirarnos los pies. Si algún día, por lo que sea, tienes menos dinero al mes y has de recortar en suscripciones, ¿que te va a quedar? Porque ya no pagamos por el contenido sino por acceder a él. Y la sección de Blurays del Mediamark es cada vez más reducida. Lo repito: no es tuyo. Nada es tuyo. Nada es nuestro.