Cosas de cacharritos

1.000 euros

1.000 euros

Los móviles suben de precio, llevan haciéndolo desde el principio de los tiempos. Como sube el pan, el cine, la ropa y los condones. La inflación es lo que tiene, y el nivel de vida y todo lo que queramos imaginar. Pero en cuanto a la tecnología surge un nuevo concepto con fuerza en los últimos meses, el de los móviles Premium. Llamadlos así, o de lujo o como os plazca. El hecho es que se busca que los usuarios los consideren inalcanzables para que así les hinquen el diente en cuento tengan oportunidad. ¿Quién no querría algo que le distinguiese del resto?

Durante años, ese móvil “distinto” fue el iPhone pero las operadoras se encargaron de que muchos más bolsillos pudiesen acceder a uno. Ahora la estrategia es distinta, es elevar los teléfonos por encima de los 1.000 euros. Que no se sienta esto como una crítica hacia el que los compre, cada cual hace con su dinero lo que quiere y tiene sus gustos y necesidades. Posiblemente estos móviles de 1.000 euros no sean para mí, pero mi gusto es mío. Encantado.

Lo que me preocupa de estos nuevos rangos de precios es que a los mercados no les gustan los vacíos. La entropía tiende a encontrar el punto de menor consumo energético, se reordena, y en el mercado nacen nuevos productos para ocupar los huecos que van quedando, u otros se desplazan para hacer lo mismo. El universo se reordena y los smartphones harán lo mismo. Es física. Física y la vida, y los mercados, y la pastilla y los micrófonos.

Mi preocupación es que si los teléfonos de 700 euros ahora cuestan 1.000, pronto los que ahora cuestan 500 euros costarán 700 u 800, pues parece más probable eso que la aparición de una nueva línea de terminales para ocupar las ya de por sí pocas diferencias en hardware. Difícil meter un móvil entre el Snapdragon 660 y el 835, es más fácil subir el precio del primero. Y si esos suben, los de 400 costarán 500 o 600, y los de 300 también subirán. Porque todo se reordena.

Así que, como en el caso de Neymar, Morata y compañía, la inflación afecta a todos y cada uno de nosotros. Y si el mercado va a estar un tiempo en plan alcista, vayámonos preparando. Porque la del Note no será la última gran subida que veremos, y tampoco será la última gama que subirá sus pretensiones. Ojalá me equivoque.

Cosas de cacharritos

Trabajando con el iPad: las aplicaciones

Como comenté en un artículo previo, me he comprado un iPad. Mi paso al lado oscuro está casi completo pues ya sólo falta que en algún momento de mi futuro me anime a comprar un iPhone. Algo que, ya os lo adelanto, es poco probable que ocurra. Pero “poco probable” no es “imposible”. If you know what I mean.

Una de las cosas que pretendo hacer con este nuevo cacharrito es, además de quitarle horas de trabajo a mi móvil cuando esté en el sofá, trabajar con él. No es que me pille de nuevas pues era algo que hacía puntualmente con el MiPad cuando el pobre todavía rendía como debía. En el caso del iPad, ya lo he puesto a prueba en un par de ocasiones. Currar en movilidad llevándote el iPad contigo es más cómodo que hacerlo con un portátil bajo el brazo, por menos que pese y por más pequeño que sea.

El iPad pesa poco, ocupa poco y me permite hacer casi todo lo que necesito hacer para trabajar. A menos velocidad, eso sí. Al menos por ahora.

El problema a la hora de trabajar con un iPad es, como en todo, la transición entre aplicaciones. Aunque tengo la suerte de que mi trabajo requiere de poco hardware. No hago vídeo, hago poca fotografía y básicamente me dedico a escribir. Así que con estas aplicaciones me voy a apañando.

Para escribir, uso IA Writer. No es una aplicación extraña para mí pues ya la usaba antes en el Mac. Salvo urgencias, todo lo escribo offline y tras mucho buscar, encontré IA Writer con el que me entiendo de maravilla a estas alturas. Necesitaba una app minimalista (manías de uno) y que permitiese el uso de código markdown. Dicho y hecho, tres pruebas después ya estaba usando IA Writer. Como la misma aplicación está disponible para iOS, 3,99 euros más tarde era mía y ya estaba a pleno rendimiento.

Para retoque fotográfico, PixelMator. Tampoco es que precise un nivel muy avanzado de retoque, simplemente algún recorte y cambio de tamaño de vez en cuando. Como mucho, una app que me permita montar varias capturas de pantalla en una y a correr. Valoré varias opciones pero todas me parecían demasiado engorrosas hasta que alguien de confianza me recomendó Pixelmator. De momento lo he usado poco pero me ha ido bastante bien, intuyo que acabaré haciéndome a él rápidamente.

Para acceder a fuentes, Feedly. De nuevo, y como en el caso de IA Writer, una transición prácticamente inexistente. Simplemente saltar de la versión de navegador de escritorio que uso en el Mac a la versión para iPad, esta vez como aplicación independiente. Cero traumas.

Para publicar, Safari. Me planteé probar con Opera, el navegador que uso en el Mac, pero para lo que necesito, Safari cumple a la perfección. No necesito ningún tipo de extras ni extensiones, simplemente un navegador que me permita acceder al backend de la web en la que trabajo y punto.

Y otras herramientas. Secundarias, en el caso de Spotify para tener ambientación a la hora de escribir, o más importantes como Slack o Telegram para estar en contacto con los compañeros del equipo. Y por ahora no necesito de ninguna herramienta extra. Simplemente me queda acostumbrarme a la nueva forma de trabajo sin un trackpad que me solucione la vida a velocidad terminal, y podría operar casi el 100% sólo con el iPad. Ya veremos qué pasa en el futuro.

Cosas de cacharritos

Mi paso al lado oscuro está casi completo: me he comprado un iPad

El nuevo iPad

Tras mucho pensar en ello, aproximadamente dos días, he ido a Mediamarkt y me he llevado un iPad debajo del brazo. Yo, que llevo comprando tablets Android desde aquel primer Nexus 7, ahora ya extinto, he acabado aterrizando en el jardín del vecino. Me lo han puesto fácil, desde luego, pues me he ido al modelo básico del nuevo iPad, 400 euros por un tablet con 32GB que espero sea capaz de aguantar algunos años en funcionamiento. Ojalá pudiese haber dicho lo mismo del MiPad, que tan pronto envejeció, pues iba a comprarme el nuevo MiPad 3 cuando pasase el verano pero finalmente no va a ser así.

Tras un inicio a trompicones (maldita seas, Apple) ya está todo operativo y estoy pudiendo comprobar cuán cierto era lo de su batería nuclear. El siguiente paso será el de poner a prueba su operatividad en tareas de productividad. Le montaré una funda con teclado, ya veremos cuánto tardo en encontrar la idónea, y veré si puedo trabajar con él en movilidad pues mi trabajo tampoco es muy exigente a nivel de hardware. Escribo, y como tal sólo necesito una hoja en blanco y un teclado por delante. Me iré informando de qué flujos de trabajo se adaptan mejor a este cacharrito nuevo que quizá me salve la vida en alguna ocasión. Imagino que os iré contando cómo me va yendo con él. ¿Categoría nueva? Quién sabe, si veo que la puedo alimentar en condiciones tal vez lo haga.

De momento me quedo con que tengo gadget nuevo y que no es Android. Si le sumamos el Mac, ya son dos los trastos con una manzana que andan por mi casa. Sumando los de mi mujer, cuatro. Cuatro de Apple, dos de Samsung. Así se va desarrollando esta batalla que según una buena amiga acabará conmigo comprándome un iPhone. De nuevo, quién sabe. Peores cosas he llegado a hacer.

Cosas de cacharritos

Paren máquinas, que los Tamagotchi intentan volver para esclavizar a una nueva generación

Tamagotchis

No es que no esté a estas alturas acostumbrado a la vuelta de ciertas modas. De hecho, creo que todo funciona por ciclos y que lo que hoy desaparece volverá tarde o temprano. Como dice mi madre: “como las hombreras y los pantalones de campana”. Aunque las hombreras parecen estar resistiéndose más de la cuenta. Pero volverán, mi madre es infalible en muchos aspectos.

La noticia de esta mañana ha sido que vuelven los Tamagotchis, como si nos hubiésemos cansado de los 80 a base de una explotación hasta los límites más insospechados y toque volver a la siguiente década. Los huevecitos que te hacían estar todo el tiempo dándoles de comer y que representaban una especie de esclavitud moderna y voluntaria. Como ahora con los móviles, pero peor, porque no tenían porno ni Candy Crush.

Un poco más de 12 euritos cuestan ahora en Japón, y rezad para que no triunfen allí porque volveremos a tenerlos dando vueltas por el resto del mundo, y de nuevo acabarán muriendo de inanición en los cajones de sus compradores en cuanto pase la moda. Por cierto, parece que vuelven como eran hace algún tiempo, aunque ligeramente modificados. Eso sí, nada de conexión a internet ni GPS ni ninguno de los avances de los últimos años. Sólo cacharritos pidones para volver a traumatizar a toda una generación.

Maldita sea, cómo me gusta la nostalgia. Y eso que yo no tuve ninguno.