Rogue One: sí, joder

Yo fui uno de ésos que acudió al cine a ver El Despertar de la Fuerza con cierto miedo metido en el cuerpo. Medio, desconfianza, falta de fe, qué más da cómo lo llamemos. Después del experimento de la “trilogía nueva”, cualquier añadido a la saga de La Guerra de la Galaxias me producía temor. Qué habrán sido capaces de perpetrar esta vez, me decía. Pero salí de la sala encantado las tres veces que fui a verla. Y sigo encantado cada vez que la retomo.

Pero El Despertar de la Fuerza tenía truco. Era un paso hacia delante, no reescribía nada. Y bien sabe cualquiera que me conozca que yo en Abrams confío, me presente lo que me presente. Con Rey, Finn y BB-8 me lo volvió a demostrar. Pero Rogue One era un nuevo paso atrás, uno grave. Se trataba de meter mano en la base de la primera película que vi, en el preludio a Una Nueva Esperanza, a ese episodio número 4 que trajo a mi vida a Luke, Leia, Solo, Obi Wan y Darth Vader. Ahí la cosa se tornaba algo más gris y las probabilidades de cargarla se multiplicaban. No quería volver a ver un Jar Jar de la vida, y he de dar gracias a que no lo he visto.

Alerta: spoilers a saco.

Rogue One ha puesto frente a mí una historia muy sólida, un grupo de personajes a los que es fácil tomar cariño y escenas de combate dignas de la primera trilogía. La apariencia de episodio menor de la saga se iba diluyendo conforme avanzaban los minutos, y el “fan service” se notaba con pequeños detalles como menciones por megafonía, guiños de enlace entre trilogías como la presencia del senador Organa o la aparición, aunque fugaz, de personajes históricos como R2, C3P0 o la mismísima Leia. Por no hablar de Tarkin, Mr. Peter Cushing construido con CGI con una brillantez acojonante.

El guión, con un ritmo in crescendo, mostraba una película con pocas fisuras y construida para enlazar directamente con el episodio cuatro. De hecho, acaba un par de planos antes de que Darth Vader asalte la nave de Leia, y ésta se vea obligada a despedir a los dos androides de forma precipitada. Todo en la película me ha gustado, incluso ese malvado poco aprovechado como es Krennic. Menos mal que en el momento justo aparece Vader para dar un punto de emoción extra para ese par de minutos finales de infarto. Porque sabes que los planos van a salir hacia las manos de Leia, pero da igual. Llegas a sentir que Vader se va a hacer con ellos antes de tiempo. Qué bien construido el tempo, maldita sea.

Personalmente, salí del cine completamente encantado. Dos visionados hasta el momento y no descarto que haya un tercero antes de que la retiren (yo en el cine veo las películas varias veces, qué pasa). Si los “parches” a la saga de películas numeradas van a ser como éste, que me den tantas películas sobre Solo, Fett u Obi Wan como quieran. A mí me han reenganchado.

Maldito seas, Jar Jar Lucas.

Religiones

Me he criado en un hogar cristiano y quizá debería decir católico, aunque mi madre, más agnóstica que creyente, nunca le profesó a la Iglesia el grado de cariño que sí fue más del lado de mi padre. No en vano, él casi acaba formando parte del clero cuando era joven. Sin embargo, ni él ha ido a misa siendo yo ya consciente del mundo que me rodeaba.

Si algo he de agradecerles es que, pese al bautizo + comunión tradicional en este país, nunca me han empujado a creer nada de lo que a ellos les venía dado. Siempre tuve posibilidad de elegir y en el colegio cursé la asignatura de Religión porque, reconozcámoslo, en Ética mandaban deberes para casa. Era lo que tenía la EGB, Religión como asignatura que contaba para nota pero en la que te limitabas a leer lo que el profesor te decía, y luego a tu casa. O a gimnasia.

Salí agnóstico, vaya por Dios.

Así que fui criado en un hogar en el que se creía en Dios a medias o quizá menos, y salí agnóstico. No me gusta etiquetarme como ateo pues eso tiene más que ver con el propio catolicismo, y porque asegurar que no existe nada sin lugar a dudas se parece más a una creencia que a algo demostrable. Agnóstico, dejémoslo ahí. Y quizá por ser agnóstico, siempre he tenido dificultades para entender el proceso de pensamiento de un creyente, profese la religión que profese.

Creer algo a pie juntillas porque sí, porque te lo ha dicho alguien y su juicio es incuestionable, me ha resultado siempre muy complicado. Prácticamente imposible. He caído en la afinidad de sentimientos, claro está, soy sevillista y será algo que difícilmente cambie, pero incluso yo mismo reconozco que la filia hacia un equipo de fútbol y unos colores es algo irracional. Me gustaría creer que aquellos que experimentan lo mismo, en el ámbito que sea, también reconocen no tiene sentido desde el punto de vista de la razón. Probablemente no sea así.

Aceptar que en la vida hay grises te hace vivir más tranquilo y feliz.

En la vida hay grises, y posiblemente los negros y blancos puros ni tan siquiera existan. Es mi forma de pensar en prácticamente todo y por eso, como os comentaba, se me hace complicado de tragar que A sea lo mejor porque sí, sin discusión. Me resulta imposible empatizar con quien defiende B contra viento y marea, llegando a dividir la cuestión en el manido conmigo o contra mí.

Un par de creyentes, cada uno a su manera, me enseñaron a dudar de todo y elegir por mí mismo, y siempre les agradeceré eso. Hoy puedo estar aquí y mañana allí, y entender eso es tan sencillo como aplicar la crítica con moderación, y nunca perderla. Por eso no me caso con el cristianismo ni otras religiones parecidas. Ni con partidos políticos, ni con marcas tecnológicas, ni con las productoras de cómics y cine, ni con los diarios, ni con nadie.

Bueno, quizá con Batman sí. Batman y el Sevilla. Y ya está.

Y con el arroz.

Y con la pasta con pollo.

Y con Celine Dion.

Ahora sí, se acabó.

PD: Y con mi Jenny. Fin.

La nota justa en el momento justo

cynthia-erivo

Debería empezar diciendo que entiendo poco de música, muy poco. Distingo los estilos más extendidos, eso sí, pero en cuanto se ramifican ya empiezo con los problemas. Tampoco identifico las voces. No sería capaz de diferenciar un tenor de un berítono, ni una soprano de una mezzosoprano. Pero los términos si los conozco, porque así es mi vida. No entiendo de música pero sé lo que me gusta y qué queréis que os diga, casi todo son voces femeninas.

Aún recuerdo la primera vez que oí a Céline Dion. Yo tenía 14 años y fue a causa de una cinta que me prestó un amigo de clase, José Carlos. La cinta en cuestión era el CD de The Colour of my Love, y recuerdo escucharla una vez y quedarme prendado para siempre. Mucho tienen que cambiar las cosas para que Céline no sea mi cantante de cabecera hasta que me muera, o me quede sordo. O ambas cosas. Supongo que fue un amor a primera escucha, si eso existe. Fue oírla y caer prendado del color de su voz, de la suavidad con la que trataba las letras. Y si me enamoré de su voz cantando en inglés, descubrirla en francés ya fue verdaderamente orgásmico.

Esto me ha pasado más de una vez, claro está. Con Christina Aguilera me pasó igual. Un CD pirata comprado en un mercadillo cuando era joven me sirvió para oírla cantar en castellano hasta que me sabía cada modulación de su voz. Luego llegó Back to Basics y el amor terminó de fraguar. Con Whitney Houston, más de lo mismo. Con Mariah Carey, igual. Pobre Mariah, con lo que tú has sido. Recientemente también me ocurrió con Ed Sheeran, por cierto, que no todo van a ser mujeres. Y finalmente, Cynthia Erivo.

Es esa chica que corona este post, una voz mágica que llevo ya varios días escuchando en repeat continuo y que me causa escalofríos en según qué piezas, que me tiene completamente prendado. Me la recomendó Spotify es algo que le agradeceré siempre. Metió una canción suya en la lista de recomendaciones semanales y qué queréis que os diga, acertó de pleno. Pero había algo en ella que me resultaba familiar y no lo identificaba. Hoy lo he hecho.

Resulta que Cynthia Erivo ha crecido entre musicales. No la he oído cantar en ellos pero estoy seguro de que tiene voz para eso y para mucho más. Los graves, los agudos, una limpieza en la voz poco común y una suavidad cuando hace falta tirar de ella que asombra. Pero a lo que íbamos. Es la cantante del tema principal de Beyond the lights. Beyond the lights es una película preciosa y poco pretenciosa sobre la relación entre una cantante hiperexplotada por su sello y un policía local al que conoce en cierto momento que no desvelaré para no hacer spoilers. Y la canción principal es y era una belleza. La oí varias veces en su momento y me encantó pero no quise ir más allá. Hoy sé que la cantó Cynthia Erivo. Todo encaja.

Quizá fuese porque la película llegó en el momento justo y su voz comenzó a calar en mí entonces, rematando la entrada cuando nos volvimos a cruzar en Spotify. El caso es que he caído prendado de la voz de Cynthia Erivo y está, desde ya, entre mis voces femeninas favoritas. Os la recomiendo.

El gofre

gofre

Soy un tío despistado, no puedo decir otra cosa de mí en ese sentido. Al menos lo reconozco. No pasa una semana sin que en algún momento tenga que mirar el calendario para saber qué día es, es un problema importante. Ahora que ya han pasado los eventos del “mes de las comuniones” me he visto varias veces dentro de la misma conversación, una que versa sobre qué me puse entonces y qué me voy a poner ahora. Porque, la verdad, no echo ni puñetera cuenta.

Para situarme, me baso en rutinas y muchas de ellas son alimentarias. Sé en qué época se comen ciertas cosas y qué rituales tocan. Rituales, también soy de rituales. Sé que llegada cierta época empiezan los caracoles, que cuando empieza el frío llega el Suchard, que si se pisa el centro en navidades hay que comer castañas y que el helado empieza a entrar y a salir del congelador cuando llega el calor. Cuando llega Semana Santa, llegan los gofres. Seré más específico, llega *el gofre*. Porque gofres como de vez en cuando al visitar una crepería muy mona que han abierto en mi pueblo, pero el gofre de Semana Santa es “el gofre”.

Cuando algunos comienzan a decir que ya huele a incienso, yo empiezo a sentir el aroma de la Nutella derretida sobre un gofre, y me veo comiéndolo de noche sentado en la plaza de mi pueblo. Quien me lo prepara es un hombre que monta su puesto allí un poco antes de empezar a salir las procesiones y que después se suele quedar en la plaza al menos un mes. No sé cómo funcionará este tipo de puestos pero supongo que no le merecerá la pena moverlo de allí hasta llegado cierto momento clave en el que se traslada. No debe ser cosa de la licencia pues los puestos de chucherías y demás se van, pero el de los gofres se queda.

Cada año bajo un día de noche a la plaza. No es un paseo largo pero es época de refrescar, aún, y resulta agradable dar ese paseo. Bajo mi calle, recorro por completo la tapia que rodea al cementerio y un calle más allá, la plaza. La cruzo bajo los árboles, me dirijo al puesto, compro un gofre y me lo como a la luz de las farolas, junto a la fuente. A veces está encendida y a veces no, pero yo siempre me como mi gofre allí sentado. Oyendo música, por supuesto. Auriculares siempre puestos.

Este año no ha habido gofre. Vi el puesto un día al pasar de vuelta a casa con el coche y recuerdo haber dicho en voz alta: “Ya está aquí el de los gofres”. Pero no he ido. Pasé antes de ayer por allí y ya no estaba. Debía hacer un mes que se fue y ni tan siquiera me he acordado de ir. Ha sido la forma de darme cuenta de lo liado que estoy de un tiempo a esta parte, y de que los ratos libres los dedico a vaguear y estoy dejando de lado algunas rutinas que me venían bien mental y físicamente.

Ha sido un pequeño shock para mí, aunque pueda pareceros una tontería. No por el hecho de no haber dado mi paseo hasta la plaza para comérmelo sino por no haberme siquiera acordado. Ando en tantas cosas a la vez, y me ocupan tanto tiempo, que mi mente ha decidido quitarme un poco de presión y ha borrado mi rutina recubierta de Nutella derretida.

A veces necesitas algún suceso, por nimio que sea, para darte cuenta de que tienes que aflojar el ritmo, aunque sea sólo un poco. Si puedes, por supuesto. En mi caso, si todo va bien aflojaré el ritmo durante unos días en poco más de una semana, pero lo voy necesitando. Darme cuenta de que me he olvidado de una de mis pocas tradiciones infalibles durante el año me ha hecho despertar. No sé si lo conseguiré o no pero una cosa está clara, ya no podré decir que me como un gofre en la plaza de mi pueblo “cada año desde que vivo allí”. Porque ya no es verdad.

Torpedo a mi línea de flotación

Young people standing against each other

Siempre he permanecido ajeno a todo tipo de modas y he escapado a todo tipo de clasificación en cuanto a tribus urbanas. Al principio puede que fuese de forma inconsciente y luego, sencillamente, se convirtió en una tendencia. Nunca me he considerado especial en nada y tampoco me he sentido empujado a formar parte de comunidades de ningún tipo.

Llevé botines blancos hasta que me apeteció dejar de hacerlo, y lo mismo me pasó con los calcetines. Camisetas normales y vaqueros azules. Azules, a veces negros. Sin roturas, sin desgastes, sin nada especial. Simplemente pantalones vaqueros. Camisetas y camisas normales. Siempre alejado de las modas porque, sencillamente, he ido a mi bola todo el tiempo que me ha sido humanamente posible, y pienso seguir haciéndolo.

Llevé perilla cuando la gente ya se cansaba de llevarla y la perilla degeneró en barba cuando me apeteció. Un día me miré al espejo y parecía un leñador, y hasta me sorprendí. Nunca fue nada intencionado. Es más, el tema de las modas y las tribus urbanas siempre me ha parecido una gilipollez pero, eh, que cada uno haga con su vida lo que le parezca oportuno.

Y sin embargo, esta misma mañana he recibido un torpedo en mi línea de flotación. Un adjetivo que siempre he ridiculizado ha caído sobre mí como una losa. Ni soy de la generación X ni de ninguna otra, siempre entre dos aguas. Y de repente, me han lanzado un improperio sin intención pero que me ha llegado al alma. Resulta que soy un millenial.

Un millenial.

Me lo han dicho y he ido corriendo a desmentirlo, pero no he podido hacerlo. Años creyendo que los millenials, un adjetivo horroroso y gastado hasta la extenuación, eran los nacidos a partir del año 2000 y ahora resulta que no, que la edad de nacimiento llega hasta 1980. Porque a alguien le ha parecido que el 1980 entra, y no se acaba en el 1981 o en el 1983. No, en el 1980. Justo el año en que yo nací, cómo no. Por tres míseros meses no me he librado de esta humillación, de este revés que la vida me ha deparado en forma de adjetivo.

Con 36 años. Un millenial. Tócate los cojones.

Alimentando fantasías de mi niñez

Batman

Antes de nada, disculpad los tres o cuatro que me leéis por el abandono al que tengo sometido a este mi blog personal. En los últimos meses ha habido cambios en mi vida, algunos para bien y otros para mal, algunos permanentes y otros temporales, y que aunque no los explicaré aquí sí han afectado a mi disponibilidad, energías e incluso al propio ánimo. Intentaré volver a ser regular, dentro de la “regularidad” que mantenía antes de este inesperado parón. Fin de las lastimosas disculpas.

Cuando uno es un crío repelente, porque lo hemos sido todos, es habitual imaginarse qué haría si tuviese total libertad y de ahí nacen las aficiones y los sueños. Mientras iba al colegio a pasar la mañana, jugaba al fútbol por las tardes y me dedicaba a hacer trastadas (no tantas, que yo era un poco pánfilo) con mis amigos, tenía tiempo para acumular distintos gustos y aficiones para practicar en soledad. Sí, de ésas también, cochinos.

Me aficioné a leer a una edad relativamente temprana y aunque no le quitaba mucho tiempo a la consola y a que me diese el aire, es algo que siempre me ha acompañado. Ahora no me sobra el tiempo pero de aquella época me queda la afición a los dragones, las hadas, los elfos y demás personajes pintorescos de una fantasía que muchos dejan atrás pero ha dejado poso en mí. Tanto es así que los libros de no-fantasía me causan sopor y difícilmente consigo abordarlos hasta domarlos. A mí dejadme las historias de Drizzt Do’Urden o de Gandalf, y quedaos con vuestros best-sellers sobre curas y amoríos.

También tuve mucha afición a los cómics aunque los que caían en mis manos eran prestados. De la colección de mi padre me bebí los Astérix y Obélix, los Mortadelos y los Superlópez a los que tuve acceso, pero algo en mi interior me decía que me estaba perdiendo lo mejor. Me perdía a Iron Man, a Batman, al Capitán América y a toda la troupe de DC y Marvel que requerían un esfuerzo extra. Si no estaban en la librería de mi padre, había que comprarlos.

Crecí y algunas de mis aficiones cambiaron pero otras perduraron, y esa “adoración” hacia los personales decemitas y marvelianos nunca decreció. Me hice fan de sus películas, leí todo lo que pude en internet acerca de casi todos ellos y ahora devoro series, cine y videojuegos como si no hubiera un mañana. Para mis sobrinos yo soy la máxima autoridad de la familia en temas relativos a Arkham, Nueva York y Metrópolis aún habiendo leído pocos cómics sobre ellos, y a mis 36 años recién cumplidos me estoy sorprendiendo satisfaciendo esos deseos de la niñez. De repente, estoy comprando cómics.

A mi manera, claro. No voy cada quince días al quiosco a hacerme con el número de la semana de varias de las colecciones. Digamos que estoy dedicándome a recuperar el tiempo perdido, haciéndome con ediciones en pasta dura de números emblemáticos de la colección. El regreso del caballero oscuro, La broma asesina, Año uno y ahora la colección de DC editada por Salvat. Ahora, que ya tengo ingresos de persona mayor (aunque podrían ser mejores) estoy pudiendo dedicarlos a ese niño dentro de mí que leyó pocos cómics, muy pocos en relación a su ansia.

A mis 36 años me sorprendo rebuscando en distintas librerías online, a la caza de la edición especial de Watchmen que tanta veces he disfrutado en Bluray y que nunca he consumido en papel. Yo, que tantas veces he renegado del papel en pro de lo digital, vuelvo a comprarlo sólo por tener a mis superhéroes favoritos en la estantería. Quizá nunca crecí en determinados aspectos, o quizá es que ser adulto es exactamente eso, tener la potestad de alimentar las fantasías irrealizables de cuando eras un chaval.

Crisis tuitera Nº 10000

Quiero pensar que comprendo, y en parte comparto, la sensación de propiedad que sienten los usuarios de Twitter que llevan más tiempo en la red social. Quiero pensar que la comprendo porque Twitter era un reducto de unos pocos “locos” que iba ahí a soltar sus paridas casi en tiempo real y con una velocidad de interacción que no se conseguía en ninguna otra red. Los pioneros, aquellos que crearon su cuenta entre el 2006 y el 2009, porque así me incluyo yo también, han visto cómo “su red” crecía y llegaba a convertirse en el referente en cuanto a información mundial. Y también han visto la transformación de la red en algo mainstream, cosa que muchos han aprovechado para huir hacia otros servicios. O intentarlo. Ahora me vienen a la cabeza servicios fracasados como Tsu, Quitter, App.net y demás, que no consiguieron retener usuarios ni interacción suficiente.

Como red social “nuestra” que es, los cambios nos afectan como si nuestra propia madre hubiese hecho algo en nuestra contra sólo para fastidiarnos. Dejamos de respirar y no nos comemos sopa. Rabiamos contra la llegada de la publicidad, contra las rayitas azules de las aplicaciones oficiales, contra el cambio de los favoritos (yo el primero) y habríamos rabiado contra la luz si hubiésemos sido unos Dylan Thomas de la vida (lo he tenido que buscar). Los cambios nos alteran aunque nos acostumbramos a todos, y perdemos en demasiadas ocasiones la noción de que Twitter es un negocio y busca siempre realizar los cambios necesarios que hagan coincidir tres escenarios:

  1. Que no nos vayamos los que estamos.
  2. Que vengan los que no están.
  3. Que ganen dinero los dueños del chiringuito.

El último enfado por el que no perdonaremos jamás a Manuela Carmena, JAMÁS, es con los futuros tweets de hasta 10000 caracteres. 10 mil. Diez mil. 10K. Como los queramos llamar. A mí la razón me parece bastante plausible pero sin embargo las quejas no se han hecho esperar y no son pocos los que han amenazado con irse de Twitter si eso se llega a implantar. Tampoco es de extrañar, por otra parte, muchos se pasan la vida amenazando con irse pero nunca se van. Como llamadas de atención desesperadas. Como irse a Quitter y luego volver cuando allí nadie te escucha, para que nos hagamos una idea. Los 10000 caracteres llegarán y probablemente se quedarán, y a mí me parece un movimiento bastante interesante e inteligente, y explicaré por qué.

Imagino que los creadores y gestores de Twitter están bastante hartos de que nos vayamos a Facebook a soltar parrafadas. De que nos vayamos a Google+. De que servicios como Medium o WordPress se hayan convertido en satélites más o menos directos de su red, y utilicen los tweets como forma de promoción de sus respectivos servicios. Resulta lógico pensar que en Twitter han ideado un sistema de “textos adjuntos” para que quien quiera largar más de la cuenta pueda hacerlo sin salir del propio Twitter. Para que quien necesite más de 140 caracteres no se vaya por ahí a dar de comer a otros servicios. Claro que este cambio no gustará a muchos pero supongo que se hará añadiendo un botoncito que diga algo parecido a “leer más” o un enlace al tweet que conduzca al texto ampliado. Dónde esté ese texto es algo que no debería importarnos, pero parece que nos importa. Porque los cambios, como antes dije, nos duelen de forma muy personal.

Nos tragamos los DMs sin limitación, la posibilidad de que nos enviasen DMs sin seguirnos si así lo elegíamos, las fotografías dentro del propio Twitter, las galerías de fotografías después de eso… nos tragamos todo lo que consideramos mejoras. ¿Por qué no va a ser una mejora que Twitter permita “posts integrados”? Mi no comprender. Imagino que es más fácil quejarse que tratar de ver qué hay detrás de esos cambios. Imagino que es difícil asumir que si no pagamos por usar Twitter, nos toca jodernos con lo que hagan para ganar dinero. La solución siempre será irse pero, ¿cuántos se van en realidad? Y lo más importante, ¿le importa a Twitter los que se van si los que vienen son el doble?

El despertar de Star Wars

El despertar de la fuerza

Ni un spoiler de la nueva película. Todo un logro.

He de reconocer que Star Wars no es una saga especialmente buena. No lo es, seamos sinceros. Revisionadas con el tiempo las tres primeras, las que después resultaron ser las tres segundas, no hay nada en ellas que las haga destacar por encima de lo que se produjo en la época. Y sin embargo, triunfaron. Y sin embargo, gustaron mucho. Y sin embargo, me encantan. Tardé en desarrollar el gusto por el cine pero sí sé que cuando vi Una Nueva Esperanza por primera vez me di cuenta de que estaba ante algo especial, cuando vi El Imperio Contraataca supe que acababa de asistir a un magnífico espectáculo y, sobre todo, que había contemplado un gran guión. Cuando vi El Retorno del Jedi, algo en mi corazón pedía más y más de aquella mierda que, analíticamente, no tenía nada más que acción y aventuras. Pero las grandes películas van de eso, de removerte algo por dentro y quedarse grabadas en tu mente.

A lo largo de los años vi miles de películas más pero siempre sabía que si tenía que divertirme en serio, sin dobleces, siempre podía llamar a Han, Luke, Leia y Chewbacca para que acudiesen al rescate. Pero luego Lucas tuvo necesidad de ganar más dinero e hizo lo que hizo. Cogió una magnífica saga y la convirtió en una serie de tres películas mágicas y otras tres bastante prescindibles. Efectos especiales a tutiplén y metidos con calzador, como ocurriese con la maligna revisión de la trilogía original, personajes sin ningún tipo de carisma y un guión con tantos claros como oscuros. Por no hablar de una historia de amor, la de Anakin y Padme, que parecía más digna de Crepúsculo que de La Guerra de las Galaxias. Y pasó lo que pasó. Al menos me pasó a mí, no sé a vosotros. Yo sentí cómo mi amor por Star Wars flaqueó hasta el punto de no querer que volviesen a tocar su universo, hasta el punto de fingir que no existía ni la primera trilogía ni tan siquiera el material del universo expandido. Para mí, Star Wars murió con Darth Vader y el Emperador Palpatine.

Y entonces llegó Abrams. Igual que digo una cosa, digo otra. Con Abrams me pasa lo mismo que con Christopher Nolan. Todo lo que van a hacer me intriga y una vez que lo veo, me apasiona. Con excepciones, claro, no vayáis a creer que soy un fanboy. Bueno, no mucho. Tenía muy pocas esperanzas en la continuación de una saga destrozada por la misma persona que la creó pero tengo que admitir que el hecho de que apartasen a Lucas del proyecto (gracias Disney) me gustó. Al menos, no volveríamos a ver Jar Jar ni nada parecido. Vivimos en un mundo de filtraciones y trailers inacabables y aunque me tragué todo lo tragable del futuro estreno de El Despertar de la Fuerza, no flaqueó mi deseo por verla en el cine. Ha sucedido. Dos veces. A cada cual, más emocionante que la anterior. Me senté en el cine y observé cada gesto de Rey, Finn, Poe, Kylo Ren y los demás; cada conversación, cada escena de batalla. Me fijé en cómo BB-8 recuperaba el espíritu del mejor R2, pero mejorado, y el desarrollo me empujó a pensar que las continuaciones serían aún mayores. Todo me encajaba con las sensaciones que recordaba de aquella primera vez que vi el Episodio IV. Star Wars había vuelto y por la puerta grande, y eso se lo debemos agradecer a Abrams.

Un director que parece estar especializándose en levantar sagas caídas en desgracia, convertirlas en algo mágico y luego ceder el testigo para quedarse en las sombras, controlando desde la producción. Ya lo hizo hace unos años con Star Trek y Star Trek en la Oscuridad, y vuelve a hacerlo ahora con El Despertar de la Fuerza. La tercera entrega de Star Trek la dirigirá Justin Lin, la segunda de Star Wars quedará en manos de Rian Johnson. Una se estrenará el año que viene y la otra al siguiente, y no puedo esperar a verlas las dos.

Para mí, lo que Abrams ha hecho con el Episodio VII no es El Despertar de la Fuerza, ha sido El Despertar de Star Wars. Y ojalá haya llegado para quedarse.

Mi propósito para 2016

Quedan 2 días para final de año y toca hacer repaso de todo lo que nos ha ocurrido en el año y, sobre todo, el famoso propósito de enmienda para el año que entra. Es la hora de prometer que vamos a dejar de fumar, que nos vamos a apuntar a un gimnasio (porque nadie dice nada de ir) o de que vamos a intentar ver más al familiar ése que es un poco coñazo pero que está ahí, compartiendo nuestra línea sanguínea. No sé si será la edad o la forma que tengo de ver las cosas, pero lo de los propósitos de salud y otras mierdas ha dejado de ir conmigo y ahora voy a por otra cosa mucho más heavy.

El caso es que tengo una mente muy prolífica. Prolífica en mierdas, pero prolífica al fin y al cabo. Me paso los días teniendo ideas que confío a mi memoria y que suelen acabar en la papelera de reciclaje porque mi memoria es RAM y no ROM, y cuando me acuesto se vacía. Debería decir que soy uno de esos tecnófilos recalcitrantes que recomienda a los demás tener siempre una aplicación de notas instalada en el móvil para cuando tienen ese tipo de ideas que yo tengo, pero eso haría que también confiese que yo no sigo mis propios consejos. Conclusión, no lo diré.

Mi propósito para 2016 es muy peregrino, pero los propósitos han de ser así para que los cumplas. Me he hecho con una libreta de papel (papel, qué asco) pequeñita y un boli y quiero llevarla a todos lados. A mis habituales descuidos tendré que sumarle que es fea de cojones y me dará vergüenza sacarla en público, pero conmigo se viene. Si compruebo que me acostumbro a su uso me plantearé comprar una que no parezca sacada de la reunión creativa de un grupo de diseñadores cocainómanos de Desigual. En ella pretendo apuntar todo lo que se me ocurra. Quizá sean ideas que deseche en un futuro próximo, en un futuro y una galaxia muy, muy lejana o que acaben en un relato o, quién sabe, en una novela. Ya veremos. Por ahora me concentraré en que queden plasmadas en alguna parte.

Tarea nº1 para 2016: no dejarme la libreta en casa continuamente.

5 cosas que he aprendido de política en año y medio

Durante buena parte de mi vida permanecí ajeno al mundo de la política. No se puede decir que fuese algo voluntario y que yo me esforzase en no impregnarme de nada que tuviese que ver con ello. Simplemente, no iba conmigo. Mi función para con el sistema democrático consistía básicamente en ir a votar cada vez que tocaba y en ir alternando los partidos sin demasiado interés. Conocía las orientaciones de uno y otro candidato y sus caras a través de la televisión pero nunca me preocupé por profundizar.

Puedo decir que le debo a Podemos mi entrada en este “mundillo”. Ya veía algunos debates cuando Pablo Iglesias acudía a ellos como mero opinador y no me sorprendió demasiado que se decidiese, junto a muchos otros, a fundar un partido político. Podemos, un nombre raro pero efectivo que quizá llegó para despertar mi curiosidad por la política o simplemente llegó en el momento justo y todo esto no es más que una casualidad. La cuestión es que desde entonces me informo de forma activa y pasiva, me preocupo por saber qué tienen que decir todos y cada uno de los jugadores en el tablero de mi país y he votado, ya por tercera vez tras las autonómicas y las europeas, con conocimiento de causa. No les he votado a ellos (aún) pero qué más da, reconozco que les debo el interés. Quiero pensar que ha sido así.

A lo que yo venía es a contar que durante este tiempo informándome sobre política, tanto en webs como en televisión y redes sociales, he descubierto algunos comportamientos que comparte en mayor o menor medida toda la población. Toda la población a la que tengo acceso, no os conozco a todos aunque me gustaría. Es mentira, no me gustaría. Quizá os sintáis identificados con algunos de los puntos, participéis en otros o los hayáis visto en vuestro entorno pero creo que merecía la pena venir aquí a deciros qué me parece la política. Justo ahora que tengo interés, no hablo de oídas.

Nadie se lee los programas

Es un hecho. No he contado las veces que he votado en mis 35 años de edad pero sólo me he leído los programas en 3 ocasiones y no de todos los partidos. Puede que la opción ideal para mí estuviese oculta en alguno de esos textos que he ignorado, nunca lo podré saber. Nos pasa a todos. Los políticos dicen qué van a hacer por escrito y no nos lo leemos. Quizá porque sabemos que no lo van a cumplir, quizá por pura vagueza.

En la política hay hooligans

El mundo del fútbol me es más conocido que el político y me sorprende que comportamientos que siempre he asociado al deporte se reproduzcan en una esfera como ésta. Si te cruzas con uno de estos hooligans, y eres capaz de distinguirlo, evítalo. No razonan, sólo defienden a “su líder” a capa y espada y ni tan siquiera cuestionan qué está haciendo o dejando de hacer. Por supuesto, lo que tú pienses está mal porque ni tan siquiera se paran a pensarlo. Es fanatismo. Puro y duro fanatismo. Los partidos lo saben, por cierto, y por eso se habla del “núcleo de los partidos”. Ese grupo de ciudadanos que no dejará de votarte aunque les estés quemando los pies.

Algo huele a podrido en Dinamarca

Ahora que tenemos más acceso que nunca a los políticos y podemos oírles en todas partes y leerles en redes sociales de primera mano, es fácil comparar qué has oído salir de sus labios y qué se publica en la prensa. Entiendo que hace años, con menor acceso a los medios, era más fácil “colar” tu mensaje manipulado y que nadie se diera cuenta. Ahora canta, y mucho. Da igual qué partido sea, siempre tendrá medios a favor o en contra que “matizarán” o “interpretarán” las declaraciones para que digan lo que les conviene. Aquí entran desde medios escritos de toda la vida hasta medios nuevos, pasando por las distintas televisiones y esa RTVE que… en fin. Qué asco, ¿no?

Difama, que algo queda

Aquí entronco con los tres puntos anteriores. Si no te has leído un programa electoral ni sigues al político/partido X, sí que lees a medios manipuladores y además eres un hooligan (premio para ti por el lote completo), existe un alto número de posibilidades de que compartas y difundas bulos como si no hubiera mañana. Te los tragas enteritos y tal cual los reproduces. Sin razonamiento, sin búsqueda de la fuente, sin cuestionar. Es importante, por cierto, defender muy fuerte, amenazando incluso con dejar de respirar si no te creen, que lo que has compartido es cierto. Es porque te lo han dicho, o lo has oído de lejos o lo has soñado. Pero es cierto. Y una cosa ha de quedar clara: una vez que un bulo queda grabado en la mente colectiva del pueblo, tratar de desmentirlo es completamente absurdo.

Para democracia, la mía

Mi voto es el válido, mi partido es el que vale y el de enfrente (los de enfrente, ahora) es un asco. Es importante hacer ver que quien no vote a mi partido padece algún tipo de trastorno aunque haciéndolo insultes a familiares, amigos, tu propia pareja o tu yo del pasado. Aquí votamos todos pero estáis equivocados. Por supuesto, si mi partido es el que pacta todo va según lo planeado pero si pactan los demás en contra de mi partido hay tongo. Esto último es importante memorizarlo. Ah, se me olvidaba. Hay que gritar mucho. Lo hacen en los debates y tertulias y el ciudadano lo tiene que reproducir tal cual. No sea que te oigan hablar de política y no estés chillando ni insultando a otro partido. No sea que piensen que eres una persona moderada. No, no queremos eso.

Qué bonica es la política.