La nota justa en el momento justo

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Debería empezar diciendo que entiendo poco de música, muy poco. Distingo los estilos más extendidos, eso sí, pero en cuanto se ramifican ya empiezo con los problemas. Tampoco identifico las voces. No sería capaz de diferenciar un tenor de un berítono, ni una soprano de una mezzosoprano. Pero los términos si los conozco, porque así es mi vida. No entiendo de música pero sé lo que me gusta y qué queréis que os diga, casi todo son voces femeninas.

Aún recuerdo la primera vez que oí a Céline Dion. Yo tenía 14 años y fue a causa de una cinta que me prestó un amigo de clase, José Carlos. La cinta en cuestión era el CD de The Colour of my Love, y recuerdo escucharla una vez y quedarme prendado para siempre. Mucho tienen que cambiar las cosas para que Céline no sea mi cantante de cabecera hasta que me muera, o me quede sordo. O ambas cosas. Supongo que fue un amor a primera escucha, si eso existe. Fue oírla y caer prendado del color de su voz, de la suavidad con la que trataba las letras. Y si me enamoré de su voz cantando en inglés, descubrirla en francés ya fue verdaderamente orgásmico.

Esto me ha pasado más de una vez, claro está. Con Christina Aguilera me pasó igual. Un CD pirata comprado en un mercadillo cuando era joven me sirvió para oírla cantar en castellano hasta que me sabía cada modulación de su voz. Luego llegó Back to Basics y el amor terminó de fraguar. Con Whitney Houston, más de lo mismo. Con Mariah Carey, igual. Pobre Mariah, con lo que tú has sido. Recientemente también me ocurrió con Ed Sheeran, por cierto, que no todo van a ser mujeres. Y finalmente, Cynthia Erivo.

Es esa chica que corona este post, una voz mágica que llevo ya varios días escuchando en repeat continuo y que me causa escalofríos en según qué piezas, que me tiene completamente prendado. Me la recomendó Spotify es algo que le agradeceré siempre. Metió una canción suya en la lista de recomendaciones semanales y qué queréis que os diga, acertó de pleno. Pero había algo en ella que me resultaba familiar y no lo identificaba. Hoy lo he hecho.

Resulta que Cynthia Erivo ha crecido entre musicales. No la he oído cantar en ellos pero estoy seguro de que tiene voz para eso y para mucho más. Los graves, los agudos, una limpieza en la voz poco común y una suavidad cuando hace falta tirar de ella que asombra. Pero a lo que íbamos. Es la cantante del tema principal de Beyond the lights. Beyond the lights es una película preciosa y poco pretenciosa sobre la relación entre una cantante hiperexplotada por su sello y un policía local al que conoce en cierto momento que no desvelaré para no hacer spoilers. Y la canción principal es y era una belleza. La oí varias veces en su momento y me encantó pero no quise ir más allá. Hoy sé que la cantó Cynthia Erivo. Todo encaja.

Quizá fuese porque la película llegó en el momento justo y su voz comenzó a calar en mí entonces, rematando la entrada cuando nos volvimos a cruzar en Spotify. El caso es que he caído prendado de la voz de Cynthia Erivo y está, desde ya, entre mis voces femeninas favoritas. Os la recomiendo.

El gofre

gofre

Soy un tío despistado, no puedo decir otra cosa de mí en ese sentido. Al menos lo reconozco. No pasa una semana sin que en algún momento tenga que mirar el calendario para saber qué día es, es un problema importante. Ahora que ya han pasado los eventos del “mes de las comuniones” me he visto varias veces dentro de la misma conversación, una que versa sobre qué me puse entonces y qué me voy a poner ahora. Porque, la verdad, no echo ni puñetera cuenta.

Para situarme, me baso en rutinas y muchas de ellas son alimentarias. Sé en qué época se comen ciertas cosas y qué rituales tocan. Rituales, también soy de rituales. Sé que llegada cierta época empiezan los caracoles, que cuando empieza el frío llega el Suchard, que si se pisa el centro en navidades hay que comer castañas y que el helado empieza a entrar y a salir del congelador cuando llega el calor. Cuando llega Semana Santa, llegan los gofres. Seré más específico, llega *el gofre*. Porque gofres como de vez en cuando al visitar una crepería muy mona que han abierto en mi pueblo, pero el gofre de Semana Santa es “el gofre”.

Cuando algunos comienzan a decir que ya huele a incienso, yo empiezo a sentir el aroma de la Nutella derretida sobre un gofre, y me veo comiéndolo de noche sentado en la plaza de mi pueblo. Quien me lo prepara es un hombre que monta su puesto allí un poco antes de empezar a salir las procesiones y que después se suele quedar en la plaza al menos un mes. No sé cómo funcionará este tipo de puestos pero supongo que no le merecerá la pena moverlo de allí hasta llegado cierto momento clave en el que se traslada. No debe ser cosa de la licencia pues los puestos de chucherías y demás se van, pero el de los gofres se queda.

Cada año bajo un día de noche a la plaza. No es un paseo largo pero es época de refrescar, aún, y resulta agradable dar ese paseo. Bajo mi calle, recorro por completo la tapia que rodea al cementerio y un calle más allá, la plaza. La cruzo bajo los árboles, me dirijo al puesto, compro un gofre y me lo como a la luz de las farolas, junto a la fuente. A veces está encendida y a veces no, pero yo siempre me como mi gofre allí sentado. Oyendo música, por supuesto. Auriculares siempre puestos.

Este año no ha habido gofre. Vi el puesto un día al pasar de vuelta a casa con el coche y recuerdo haber dicho en voz alta: “Ya está aquí el de los gofres”. Pero no he ido. Pasé antes de ayer por allí y ya no estaba. Debía hacer un mes que se fue y ni tan siquiera me he acordado de ir. Ha sido la forma de darme cuenta de lo liado que estoy de un tiempo a esta parte, y de que los ratos libres los dedico a vaguear y estoy dejando de lado algunas rutinas que me venían bien mental y físicamente.

Ha sido un pequeño shock para mí, aunque pueda pareceros una tontería. No por el hecho de no haber dado mi paseo hasta la plaza para comérmelo sino por no haberme siquiera acordado. Ando en tantas cosas a la vez, y me ocupan tanto tiempo, que mi mente ha decidido quitarme un poco de presión y ha borrado mi rutina recubierta de Nutella derretida.

A veces necesitas algún suceso, por nimio que sea, para darte cuenta de que tienes que aflojar el ritmo, aunque sea sólo un poco. Si puedes, por supuesto. En mi caso, si todo va bien aflojaré el ritmo durante unos días en poco más de una semana, pero lo voy necesitando. Darme cuenta de que me he olvidado de una de mis pocas tradiciones infalibles durante el año me ha hecho despertar. No sé si lo conseguiré o no pero una cosa está clara, ya no podré decir que me como un gofre en la plaza de mi pueblo “cada año desde que vivo allí”. Porque ya no es verdad.

Torpedo a mi línea de flotación

Young people standing against each other

Siempre he permanecido ajeno a todo tipo de modas y he escapado a todo tipo de clasificación en cuanto a tribus urbanas. Al principio puede que fuese de forma inconsciente y luego, sencillamente, se convirtió en una tendencia. Nunca me he considerado especial en nada y tampoco me he sentido empujado a formar parte de comunidades de ningún tipo.

Llevé botines blancos hasta que me apeteció dejar de hacerlo, y lo mismo me pasó con los calcetines. Camisetas normales y vaqueros azules. Azules, a veces negros. Sin roturas, sin desgastes, sin nada especial. Simplemente pantalones vaqueros. Camisetas y camisas normales. Siempre alejado de las modas porque, sencillamente, he ido a mi bola todo el tiempo que me ha sido humanamente posible, y pienso seguir haciéndolo.

Llevé perilla cuando la gente ya se cansaba de llevarla y la perilla degeneró en barba cuando me apeteció. Un día me miré al espejo y parecía un leñador, y hasta me sorprendí. Nunca fue nada intencionado. Es más, el tema de las modas y las tribus urbanas siempre me ha parecido una gilipollez pero, eh, que cada uno haga con su vida lo que le parezca oportuno.

Y sin embargo, esta misma mañana he recibido un torpedo en mi línea de flotación. Un adjetivo que siempre he ridiculizado ha caído sobre mí como una losa. Ni soy de la generación X ni de ninguna otra, siempre entre dos aguas. Y de repente, me han lanzado un improperio sin intención pero que me ha llegado al alma. Resulta que soy un millenial.

Un millenial.

Me lo han dicho y he ido corriendo a desmentirlo, pero no he podido hacerlo. Años creyendo que los millenials, un adjetivo horroroso y gastado hasta la extenuación, eran los nacidos a partir del año 2000 y ahora resulta que no, que la edad de nacimiento llega hasta 1980. Porque a alguien le ha parecido que el 1980 entra, y no se acaba en el 1981 o en el 1983. No, en el 1980. Justo el año en que yo nací, cómo no. Por tres míseros meses no me he librado de esta humillación, de este revés que la vida me ha deparado en forma de adjetivo.

Con 36 años. Un millenial. Tócate los cojones.

Alimentando fantasías de mi niñez

Batman

Antes de nada, disculpad los tres o cuatro que me leéis por el abandono al que tengo sometido a este mi blog personal. En los últimos meses ha habido cambios en mi vida, algunos para bien y otros para mal, algunos permanentes y otros temporales, y que aunque no los explicaré aquí sí han afectado a mi disponibilidad, energías e incluso al propio ánimo. Intentaré volver a ser regular, dentro de la “regularidad” que mantenía antes de este inesperado parón. Fin de las lastimosas disculpas.

Cuando uno es un crío repelente, porque lo hemos sido todos, es habitual imaginarse qué haría si tuviese total libertad y de ahí nacen las aficiones y los sueños. Mientras iba al colegio a pasar la mañana, jugaba al fútbol por las tardes y me dedicaba a hacer trastadas (no tantas, que yo era un poco pánfilo) con mis amigos, tenía tiempo para acumular distintos gustos y aficiones para practicar en soledad. Sí, de ésas también, cochinos.

Me aficioné a leer a una edad relativamente temprana y aunque no le quitaba mucho tiempo a la consola y a que me diese el aire, es algo que siempre me ha acompañado. Ahora no me sobra el tiempo pero de aquella época me queda la afición a los dragones, las hadas, los elfos y demás personajes pintorescos de una fantasía que muchos dejan atrás pero ha dejado poso en mí. Tanto es así que los libros de no-fantasía me causan sopor y difícilmente consigo abordarlos hasta domarlos. A mí dejadme las historias de Drizzt Do’Urden o de Gandalf, y quedaos con vuestros best-sellers sobre curas y amoríos.

También tuve mucha afición a los cómics aunque los que caían en mis manos eran prestados. De la colección de mi padre me bebí los Astérix y Obélix, los Mortadelos y los Superlópez a los que tuve acceso, pero algo en mi interior me decía que me estaba perdiendo lo mejor. Me perdía a Iron Man, a Batman, al Capitán América y a toda la troupe de DC y Marvel que requerían un esfuerzo extra. Si no estaban en la librería de mi padre, había que comprarlos.

Crecí y algunas de mis aficiones cambiaron pero otras perduraron, y esa “adoración” hacia los personales decemitas y marvelianos nunca decreció. Me hice fan de sus películas, leí todo lo que pude en internet acerca de casi todos ellos y ahora devoro series, cine y videojuegos como si no hubiera un mañana. Para mis sobrinos yo soy la máxima autoridad de la familia en temas relativos a Arkham, Nueva York y Metrópolis aún habiendo leído pocos cómics sobre ellos, y a mis 36 años recién cumplidos me estoy sorprendiendo satisfaciendo esos deseos de la niñez. De repente, estoy comprando cómics.

A mi manera, claro. No voy cada quince días al quiosco a hacerme con el número de la semana de varias de las colecciones. Digamos que estoy dedicándome a recuperar el tiempo perdido, haciéndome con ediciones en pasta dura de números emblemáticos de la colección. El regreso del caballero oscuro, La broma asesina, Año uno y ahora la colección de DC editada por Salvat. Ahora, que ya tengo ingresos de persona mayor (aunque podrían ser mejores) estoy pudiendo dedicarlos a ese niño dentro de mí que leyó pocos cómics, muy pocos en relación a su ansia.

A mis 36 años me sorprendo rebuscando en distintas librerías online, a la caza de la edición especial de Watchmen que tanta veces he disfrutado en Bluray y que nunca he consumido en papel. Yo, que tantas veces he renegado del papel en pro de lo digital, vuelvo a comprarlo sólo por tener a mis superhéroes favoritos en la estantería. Quizá nunca crecí en determinados aspectos, o quizá es que ser adulto es exactamente eso, tener la potestad de alimentar las fantasías irrealizables de cuando eras un chaval.

El despertar de Star Wars

El despertar de la fuerza

Ni un spoiler de la nueva película. Todo un logro.

He de reconocer que Star Wars no es una saga especialmente buena. No lo es, seamos sinceros. Revisionadas con el tiempo las tres primeras, las que después resultaron ser las tres segundas, no hay nada en ellas que las haga destacar por encima de lo que se produjo en la época. Y sin embargo, triunfaron. Y sin embargo, gustaron mucho. Y sin embargo, me encantan. Tardé en desarrollar el gusto por el cine pero sí sé que cuando vi Una Nueva Esperanza por primera vez me di cuenta de que estaba ante algo especial, cuando vi El Imperio Contraataca supe que acababa de asistir a un magnífico espectáculo y, sobre todo, que había contemplado un gran guión. Cuando vi El Retorno del Jedi, algo en mi corazón pedía más y más de aquella mierda que, analíticamente, no tenía nada más que acción y aventuras. Pero las grandes películas van de eso, de removerte algo por dentro y quedarse grabadas en tu mente.

A lo largo de los años vi miles de películas más pero siempre sabía que si tenía que divertirme en serio, sin dobleces, siempre podía llamar a Han, Luke, Leia y Chewbacca para que acudiesen al rescate. Pero luego Lucas tuvo necesidad de ganar más dinero e hizo lo que hizo. Cogió una magnífica saga y la convirtió en una serie de tres películas mágicas y otras tres bastante prescindibles. Efectos especiales a tutiplén y metidos con calzador, como ocurriese con la maligna revisión de la trilogía original, personajes sin ningún tipo de carisma y un guión con tantos claros como oscuros. Por no hablar de una historia de amor, la de Anakin y Padme, que parecía más digna de Crepúsculo que de La Guerra de las Galaxias. Y pasó lo que pasó. Al menos me pasó a mí, no sé a vosotros. Yo sentí cómo mi amor por Star Wars flaqueó hasta el punto de no querer que volviesen a tocar su universo, hasta el punto de fingir que no existía ni la primera trilogía ni tan siquiera el material del universo expandido. Para mí, Star Wars murió con Darth Vader y el Emperador Palpatine.

Y entonces llegó Abrams. Igual que digo una cosa, digo otra. Con Abrams me pasa lo mismo que con Christopher Nolan. Todo lo que van a hacer me intriga y una vez que lo veo, me apasiona. Con excepciones, claro, no vayáis a creer que soy un fanboy. Bueno, no mucho. Tenía muy pocas esperanzas en la continuación de una saga destrozada por la misma persona que la creó pero tengo que admitir que el hecho de que apartasen a Lucas del proyecto (gracias Disney) me gustó. Al menos, no volveríamos a ver Jar Jar ni nada parecido. Vivimos en un mundo de filtraciones y trailers inacabables y aunque me tragué todo lo tragable del futuro estreno de El Despertar de la Fuerza, no flaqueó mi deseo por verla en el cine. Ha sucedido. Dos veces. A cada cual, más emocionante que la anterior. Me senté en el cine y observé cada gesto de Rey, Finn, Poe, Kylo Ren y los demás; cada conversación, cada escena de batalla. Me fijé en cómo BB-8 recuperaba el espíritu del mejor R2, pero mejorado, y el desarrollo me empujó a pensar que las continuaciones serían aún mayores. Todo me encajaba con las sensaciones que recordaba de aquella primera vez que vi el Episodio IV. Star Wars había vuelto y por la puerta grande, y eso se lo debemos agradecer a Abrams.

Un director que parece estar especializándose en levantar sagas caídas en desgracia, convertirlas en algo mágico y luego ceder el testigo para quedarse en las sombras, controlando desde la producción. Ya lo hizo hace unos años con Star Trek y Star Trek en la Oscuridad, y vuelve a hacerlo ahora con El Despertar de la Fuerza. La tercera entrega de Star Trek la dirigirá Justin Lin, la segunda de Star Wars quedará en manos de Rian Johnson. Una se estrenará el año que viene y la otra al siguiente, y no puedo esperar a verlas las dos.

Para mí, lo que Abrams ha hecho con el Episodio VII no es El Despertar de la Fuerza, ha sido El Despertar de Star Wars. Y ojalá haya llegado para quedarse.

Mi propósito para 2016

Quedan 2 días para final de año y toca hacer repaso de todo lo que nos ha ocurrido en el año y, sobre todo, el famoso propósito de enmienda para el año que entra. Es la hora de prometer que vamos a dejar de fumar, que nos vamos a apuntar a un gimnasio (porque nadie dice nada de ir) o de que vamos a intentar ver más al familiar ése que es un poco coñazo pero que está ahí, compartiendo nuestra línea sanguínea. No sé si será la edad o la forma que tengo de ver las cosas, pero lo de los propósitos de salud y otras mierdas ha dejado de ir conmigo y ahora voy a por otra cosa mucho más heavy.

El caso es que tengo una mente muy prolífica. Prolífica en mierdas, pero prolífica al fin y al cabo. Me paso los días teniendo ideas que confío a mi memoria y que suelen acabar en la papelera de reciclaje porque mi memoria es RAM y no ROM, y cuando me acuesto se vacía. Debería decir que soy uno de esos tecnófilos recalcitrantes que recomienda a los demás tener siempre una aplicación de notas instalada en el móvil para cuando tienen ese tipo de ideas que yo tengo, pero eso haría que también confiese que yo no sigo mis propios consejos. Conclusión, no lo diré.

Mi propósito para 2016 es muy peregrino, pero los propósitos han de ser así para que los cumplas. Me he hecho con una libreta de papel (papel, qué asco) pequeñita y un boli y quiero llevarla a todos lados. A mis habituales descuidos tendré que sumarle que es fea de cojones y me dará vergüenza sacarla en público, pero conmigo se viene. Si compruebo que me acostumbro a su uso me plantearé comprar una que no parezca sacada de la reunión creativa de un grupo de diseñadores cocainómanos de Desigual. En ella pretendo apuntar todo lo que se me ocurra. Quizá sean ideas que deseche en un futuro próximo, en un futuro y una galaxia muy, muy lejana o que acaben en un relato o, quién sabe, en una novela. Ya veremos. Por ahora me concentraré en que queden plasmadas en alguna parte.

Tarea nº1 para 2016: no dejarme la libreta en casa continuamente.

Iron Man 2

La primera fase de Marvel en el cine, como ellos mismos llaman a cada tramo de películas que cierra una de Vengadores, sigue avanzando con paso firme y nos vamos dando cuenta de que Iron Man es posiblemente uno de los protagonistas más destacados, si no el que más. Claro está, no es Iron Man sino un Tony Stark con el que Robert Downey Jr. ha podido liberar todas sus artes interpretativas, todo su carisma y una serie de recursos propios que ya hemos visto decenas de veces pero que en la coraza del hombre de hierro funcionan a la perfección. Compartiendo protagonista en ocasiones con “el Capi”, Stark va teniendo cada vez más protagonismo, con más y más escenas lejos de su coraza. Algo que no ha sido poco criticado, por cierto, y que llegó a su máximo esplendor en Iron Man 3. Con todo, el hombre de hierro sigue en lo más alto aunque le sigue faltando un villano de nivel pues en esta ocasión ni Vanko ni los Iron Soldiers tienen el suficiente carisma ni peso.

Iron Man 2

Por si no se dan cuenta

Uno de los aspectos que más sorprende en Iron Man 2 es que Rhodes ya no es Terrence Howard sino que lo han sustituido por Don Cheadle. No es que sea una queja, es más una curiosidad pues resulta raro que sustituyan personajes a mitad de una trilogía y con un universo correlativo ya en curso. De hecho, Cheadle se mantendrá como Rhodes / Máquina de guerra / Iron Patriot en las sucesivas películas en las que aparecerá. Como Iron Man 3, Vengadores 2: la era de Ultron o la futura Capitán America 3: Civil War.

Cronológicamente, Iron Man 2 se sitúa un poco antes de Hulk. De hecho, se supone que la conversación entre Stark y el General Ross debe suceder tras dicha película. Se demuestra otra vez que la idea de un universo correlativo surgió durante la propia el Increíble Hulk y que le añadieron algunos detalles (la intro alternativa y el final con Stark) para enlazarlas con las sucesivas.

La más trepidante

 

Personalmente, Iron Man 2 me parece la más entretenida de las tres películas de Iron Man por las numerosas escenas de acción que contiene. Disponer de dos villanos para atacar al protagonista hace que los momentos de pelea puedan sucederse con mayor ritmo y como el origen de Iron Man ya se contó en la primera película, ahora nos podemos centrar en la auténtica chicha. Si queréis una película con mucha destrucción, muchos vuelos y muchas armaduras, Iron Man 2 será vuestra favorita. Además, Iron Patriot da mucho juego tanto con armadura como sin ella. No seré yo quien venga a descubrir aquí las dotes cómicas de Cheadle, sobre todo después de haberle visto en la saga Ocean’s.

El aporte al universo cinematográfico de Marvel

Aunque alcanzará su máximo esplendor en solitario con Iron Man 3, el personaje de Robert Downey Jr. está ya completamente maduro y la película nos aportará algunos datos importantes para el resto de películas. La primera es que aparecerá oficialmente Iron Patriot / Máquina de Guerra, un personaje que de ahora en adelante será recurrente en la saga, con menos peso que la Viuda Negra pero en el mismo sentido.

Además, en la escena tras los créditos tendremos la primera aparición de Mjölnir, el martillo de Thor, haciendo ver que las películas se están solapando en cierta manera y que Thor trascurre de forma casi pareja a Iron Man 2. Por supuesto, también tenemos la primera aparición de la Viuda Negra, interpretada fantásticamente por Scarlett Johansson y que, como Máquina de Guerra, será muy usada en películas posteriores, sobre todo como partenaire del Capitán América.

Siguiente estación: Thor.

 

Cómo demonios he llegado yo hasta aquí

El ser humano es cobarde. Somos así, no lo he inventado yo. Como especie somos muy dados a externalizar la responsabilidad de todo aquello que nos va aconteciendo a lo largo de nuestra vida. Confiamos nuestras decisiones a la “suerte”, ésa que hace que todas las semanas compremos lotería en lugar de calcular las probabilidades reales de que podamos obtener algo de dinero. También la culpamos, cómo no, de no alcanzar nuestros objetivos. Qué mala suerte, una expresión tan humana. En última instancia, una buena parte de la humanidad mira hacia arriba y clama un sencillo y potente “señor, por qué a mí”. Me da igual que sea un dios llamado Dios, llamado Alá o llamado Jehová. Hay un señor allí arriba que no tiene otra cosa mejor que hacer que putearnos de cuando en cuando porque cómo vamos a tener los humanos alguna culpa de nuestro propio destino. El destino, otro concepto a analizar en el futuro.

La vida es una toma constante de decisiones y como tal es imposible acertarlas todas. A veces te sale bien y otras no tanto. No se trata de suerte o del designio de un ser divino sino de un cúmulo de circunstancias, de probabilidades, que es literalmente imposible cuantificarlas todas. Y como no tenemos toda la información posible para emitir un juicio razonado a cada paso, nos arriesgamos con todo lo que ello conlleva. Ocurre en todas las vidas que llega un punto en el que, lavándote la cara (aquel que se la llave) nos quedamos mirando ese rostro que nos devuelve el cruel espejo y pensamos: quién eres y cómo demonios has llegado hasta aquí. Si aún no te ha llegado ese momento, tranquilo porque puede estar a la vuelta de la esquina. Te preguntas cómo pudiste tomar aquella decisión en aquel momento de tu vida de la que ahora te arrepientes, cómo pudiste dejar escapar aquel temprano amor o cómo hasta acabado en tu situación laboral actual. Es muy humano, y no tiene por qué ser malo. Simplemente, te arriesgaste y acertaste o te equivocaste. Lógicamente no recordamos todas y cada una de la decisiones tomadas sino las trascendentes, o las que creemos que lo fueron. Quizá decidir cambiar unos planes para quedarte en casa fue algo que definió el resto de tu vida pero no puedes saberlo, así que no lo recuerdas.

Como decía, no es necesariamente malo. Siempre y cuando no le quieras echar la culpa al destino, a la mala suerte o a un señor barbudo con ganas de tocarte los cojones. Estás ahí por todo lo que has hecho tú y recordar esos momentos puede servir para convertirte en mejor persona. Si en algo es bueno el ser humano es en el análisis “a toro pasado”. Saber por qué hiciste tal o cual cosa puede ayudarte a no volver a cometer ese mismo error en el futuro. Pues la situación se te volverá a plantear, casi con toda seguridad, y tendrás que tomar una decisión similar pese a que los jugadores sean distintos y las señales te hagan pensar que se trata de un punto de inflexión completamente nuevo. Publicaba el otro día Cavalleto en su blog (recomendado, leedlo) un interesante artículo a raíz de una decisión sobre la toma de dos pastillas: una te permitía volver al pasado para corregir los errores cometidos y la otra te daba automáticamente 10 millones de euros. Mi respuesta fue esta que os dejo ahora aquí:

Dado que las líneas temporales hay que revivirlas en caso de volver a un punto intermedio (o eso dicen la ciencia y Marty McFly), nadie te garantiza que volver al pasado para corregir tus errores no te lleve a otras situaciones en la que los cometas igualmente, quizá con peor resultado. Así que si la vida te ha dado salud para llegar al momento de la elección de la pastilla, coge el dinero y corre.

Y es exactamente así. Nadie te garantiza que solventar un error no te haga llegar a una nueva encrucijada en la que por la falta de datos suficientes, tengas que volver a arriesgarte. El pasado, pasado está, y sólo puede ser para hacerte mejor persona. Mejor, si quieres. Al menos una persona más consciente. Y si dejas de echarle la culpa a factores externos quizá aprendas que eres dueño de todo lo que te sucede. O de casi todo.

Así que cuando te llegue ese momento de mirarte al espejo y pensar en cómo demonios has llegado hasta ahí, sé consciente de que algo habrás hecho y trabaja para no volver a equivocarte si no te gusta lo que ves. No queda de otra.

Soledad por cerebros

Nuestro círculo de amistades es limitado. O suele serlo, toda vez que no seas una suerte de Superman capaz de mantener activas varias decenas de lazos con otras tantas personas. Eso, que es en definitiva en lo que consiste ser alguien sociable, nos ha permitido a lo largo de la historia disponer de momentos de soledad, para nosotros, y convivir con las llamadas “situaciones sociales”. En dicha situaciones se establecen, casi sin convenio, una serie de temas sobre los que tratar y, por encima de eso, un nivel de conversación en el que la agresividad suele estar contenida, al menos hasta cierto punto. La intención está en mantener esa cifra de relaciones el máximo tiempo posible. Salvo que seas alguien muy destructor, en cuyo caso el boicoteo suele verse venir a la legua. Dicen que donde hay fuego antes se ve el humo, y hay personas que van permanentemente en llamas por este mundo.

Las relaciones más íntimas, con amistades profundas o con familiares cercanos, seres queridos en definitiva, hacen que nos abramos algo más y que salga nuestro lado más oscuro. No ha de ser algo malo, necesariamente, pero sí que dejamos paso a esa parte de nuestra alma que ocultamos la mayoría del tiempo. Es en esos momentos cuando solemos dar respuestas menos diplomáticas a las cuestiones que se nos plantean y cuando, al estar más relajados, tenemos a mostrarnos tal y como somos. De nuevo, no ha de ser malo pues quien no tiene nada que esconder puede encontrarse tranquilo enseñando su interior.

Este tipo de relaciones siempre han tenido sus límites. Nosotros fijábamos hasta dónde llegaba nuestro círculo de confianza y decidíamos a qué eventos sociales acudir y a qué eventos no. En resumen, decidíamos cuándo empezaba y acababa nuestra vida social y eso, aunque parezca una tontería, siempre fue bueno. Hay un dicho que afirma que “si quieres conocer a Pablito, dale un carguito”, significando que en las situaciones en las que alguien se siente superior suele mostrar su verdadera cara y definirse a sí mismo. De una u otra forma, las redes sociales han aportado ese punto distendido a nuestro día a día y nos hemos visto rodeados, de golpe y porrazo, de un falso círculo de intimidad con personas que, tras el escudo de un avatar, un nick o la pretensión de querer ser más de lo que son, se dedican a desatar su lado más íntimo. Salvaje, en la mayoría de ocasiones.

Comentaba el otro día con Fabrizio en Twitter que se había pasado de tener cierto pudor a la hora de opinar en público a todo lo contrario. Él afirmaba, y es algo que nos ha pasado a todos, que había estado leyendo opiniones que no esperaba de gente que consideraba cercana. Él lo denominó “friendship-checks” y los calificó como agotadores. Y lo son, en realidad. Todo venía a raíz de los atentados en París y de cómo cada uno expresaba qué hacer para solucionar el tema. En dicho momento, los belicistas, los vengativos, los racistas y los xenófobos salen tan a la luz como los pacifistas y tolerantes. Ciertamente, comprobar que algunas de tus amistades tienen un lado oscuro que no conocías hace que te replantees qué hacer con ese hilo de Ariadna que te une a tal o cual persona y si es mejor, para evitar un futuro conflicto, romperlo.

Como le decía, las redes sociales han hecho que convivamos constantemente con opiniones que antes no conocíamos, merced a los convencionalismos de ocultar cierto tipo de formas de pensamiento en público. Las redes han cambiado lo que se define como “público” y desde luego han desvirtuado, o mejor destruido, lo políticamente correcto. Hemos cambiado nuestra reclusión ante cierto tipo de pensamientos por ser bombardeados con una maraña de opiniones, a menudo indeseadas, que nos hacen plantearnos muchas cosas sobre el propio ser humano. El falso anonimato de las redes hace que se descubra la falsedad de muchos. Y eso, sin lugar a dudas, sí que es tanto bueno como malo. Bueno porque te ayuda a establecer un filtro frente a ciertas personas, malo porque la sociedad se construyó, en definitiva, en torno a algunas cesiones. Un pacto de no agresión público que ahora vemos que no está ni cerca de llegar a cumplirse.

Hemos cambiado nuestra soledad por vivir rodeados de cerebros. Quizá el cambio no haya sido tan beneficioso como pensábamos en un primer momento.

 

Jurassic World, sabor añejo con errores nuevos

No diré que no me ha gustado Jurassic World porque no sería cierto. Demasiadas negaciones, empecemos de nuevo. Me ha gustado Jurassic World. No por ello dejo de reconocerle todos sus errores, algunos garrafales y otros más ocultos, desapercibidos. Conste en acta que no la he querido juzgar desde la base de Jurassic Park, un título brillante que inició una saga que tuvo un momento esperpéntico con El Mundo Perdido y que pareció remontar ligeramente con la tercera entrega. No, la he visto con los ojos de quien esperaba divertirse y eso se lo tengo que reconocer, me he divertido.

Han sabido tocar ciertas teclas, claro, y repetir patrones buscando cierta empatía. La música del Parque Jurásico original cuando se llega a la isla al principio de la película, el momento de prestar atención al dinosaurio caído, la alimentación del dinosaurio acuático. Incluso escenas de carreras junto a los gallimimus, o el momento “coche” con la esfera de hámster. Seguro que quienes llevan en su corazón la película original no han dejado pasar ninguno de estos guiños a la aventura de Grant, Satler, Malcom y los niños. He sonreído, lo confieso, cuando al final se utiliza la bengala para atraer el tiranosaurio. Bien jugado.

Lo que no está tan bien jugado es jugar, valga la redundancia, a desarrollar un nuevo dinosaurio que ¡se puede camuflar! (WTF nº1) y ¡los raptores lo reconocen como uno más! (WTF nº2). Errores difíciles de perdonar a los responsables de devolver la franquicia a donde merecía estar y que han demostrado que son capaces de ofrecer un producto de entretenimiento divertido y ameno, pero que tienen la película inaugural, y su calidad, muy, muy lejos. Tanto que ni siquiera se ve en el horizonte. Obviaremos las carreras la Usain Bolt blanca en tacones, una Bryce Dallas Howard preciosa como nunca pero que no tiene el carisma de Ellie Satler. Un Chris Pratt que hace lo que puede con ese papel que le han dado de Muldoon que juega a ser el protagonista, buscando eclipsar a Alan Grant. Unos niños anti-empáticos que no te hacen sufrir en ningún momento o un final con hasta cuatro especies implicadas. Un tiranosaurio y un velociraptor contra el ¿¡Indominus!?, acabando con su muerte a manos (mejor dicho, a bocas) del mosasauros que ¡saca medio cuerpo del agua para trincarlo!. El WTF nº3 y posiblemente el más gordo de toda la película.

Supongo que era lo que me esperaba y por eso no me ha decepcionado. Una película entretenida para ver cuando la echen pero no para buscarla en tu videoteca. Al menos no en la mía, por que no estará en ella.

PD: Dadle a Pratt un Indiana Jones y sacadle de ese parque, por favor.
PD2: Recupero el ritmo de publicación de artículos de cine como prometí hacer. Bien Sam, bien.